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Saintélyon, el ultratrail que Francia convirtió en tradición

Hay carreras que se corren con las piernas, otras con la cabeza… y luego está la Saintélyon, que directamente se corre con el alma. Porque hay que tener un punto de romanticismo —o de inconsciencia, según a quién preguntes— para plantarse en Saint-Étienne a medianoche, con el frío calándote hasta los huesos, y pensar que es una buena idea correr más de 80 kilómetros hasta Lyon. 8000 personas que así lo piensan han agotado las inscripciones en dos horas.

Fotografía: Peignée Verticale
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La Saintélyon tiene algo que no se explica, se vive. Esa serpiente interminable de luces avanzando por las colinas del Lionnais es una de las estampas más icónicas del trail europeo. No importa cuántas veces la hayas visto en fotos: cuando estás dentro, cuando eres uno más en esa fila de luciérnagas humanas, entiendes por qué esta prueba lleva más de 70 ediciones y sigue creciendo.

Es una mezcla de silencio y ruido, de introspección y camaradería. De repente, un corredor te pasa como si fuera de día; dos kilómetros después, eres tú quien anima a alguien que empieza a flaquear. La noche une, y en la Saintélyon, todavía más.

Si hay algo garantizado en esta carrera, es que el tiempo no va a ponértelo fácil. Barro, nieve, hielo, lluvia horizontal… la organización debería dar un diploma solo por presentarse en la línea de salida. Pero es precisamente esa incertidumbre meteorológica lo que convierte la Saintélyon en un rito iniciático. Aquí no vienes a buscar tu mejor marca. Vienes a ver de qué estás hecho.

Sobre el papel, la SaintéLyon no parece tan dura. No tiene grandes cumbres ni desniveles imposibles. Pero que nadie se equivoque: es una carrera traicionera. Rompepiernas, rápida cuando no debería serlo, técnica cuando no te lo esperas. Y siempre, siempre, con ese punto de fatiga acumulada que solo la noche sabe regalar. Es un recorrido que te invita a correr… justo cuando menos te apetece.

Fotografía: Peignée Verticale

Entrar en Lyon al amanecer es una experiencia casi espiritual. Las calles vacías, el silencio de una ciudad que empieza a desperezarse, y tú, avanzando como si hubieras vivido una pequeña odisea personal. Porque la has vivido. Y cuando cruzas la meta, no importa el tiempo, ni el puesto, ni si has sufrido más de la cuenta. Importa que has sido parte de algo grande. De una tradición. De una locura compartida.

Quizá por eso vuelve la gente. Porque la SaintéLyon no es una carrera más en el calendario. Es una historia que te llevas puesta. Una medalla que pesa más por lo que significa que por lo que vale. Una noche que te cambia un poquito, aunque sea en silencio. Y sí, cuando vuelves a casa y te preguntan por qué demonios corres de noche, en diciembre, con frío y barro… sonríes. Porque hay cosas que solo entendemos los que nos ponemos un dorsal.

Por cierto, si pensabas participar en la edición del próximo noviembre, las inscripciones de los 80 kilómetros se han agotado en dos horas. Lo de las inscripciones de los 80 kilómetros volando en dos horas ya es otro capítulo en la mitología de la SaintéLyon. Ni rebajas, ni conciertos, ni estrenos de zapatillas: aquí la gente se lanza como si regalaran metros de desnivel. A la una de la tarde abren inscripciones, a las tres ya solo queda el eco. Y mientras tanto, en los grupos de WhatsApp, ese clásico “¿alguien ha pillado dorsal?” que suena más a contrabando que a deporte. Es la prueba definitiva de que esta carrera no solo se corre de noche: también se sueña, se persigue y, si hace falta, se caza a golpe de F5.

 

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