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Katharina Hartmuth establece un nuevo récord en la Bob Graham Round

Completa la mítica travesía que une las 42 cimas del Lake District en 14h12m28s, mejorando en 22 minutos el anterior registro, que estaba en poder de Beth Pascal.

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El Lake District despertó envuelto en una bruma antigua, como si las montañas quisieran proteger un secreto. A esa hora en la que el mundo aún duda entre la oscuridad y el día, Katharina Hartmuth salió de Moot Hall con un gesto sencillo, casi doméstico, como quien cierra la puerta de casa antes de un largo viaje. No había épica en su salida. La épica vendría después, escrita en piedra, viento y silencio.

El Bob Graham Round no es un recorrido: es una historia que se repite. Cuarenta y dos cumbres, 66 millas, 8.200 metros de ascenso. Un círculo imperfecto que atraviesa el corazón del Lake District, donde la hierba húmeda guarda memoria y las rocas parecen observar.

El reto nació en 1932, cuando un corredor llamado Bob Graham, consiguió completar una vuelta circular por 42 “fells” (cimas) del parque nacional del Lake District en menos de 24h. El reto quedó inscrito en la historia local, y se fundó el Bob Graham Round Club, que acogería a todos aquellos que lograran repetir la gesta de su fundador. No fue hasta 1960 que alguien se atrevió a volver a intentarlo, y desde entonces han sido muchos los que han entrado a formar parte del ya mítico club. En 1982, un corredor local, Billy Bland, consiguió completar la gesta en 13h53, y desde entonces pasaron 35 años sin que nadie pudiera superarle. Con los años, la Bob Graham Round se ha convertido en una de las travesías más populares en Inglaterra.

Sin embargo, a pesar del reto deportivo, el atractivo de la Bob Graham Round reside en los valores que rodean el reto: compañerismo, respeto por la montaña y tradición. Así, para completar la Bob Graham Round, hace falta cumplir algunas normas. En primer lugar, hay que comunicar a los miembros del club que se quiere hacer la ronda para que quede constancia. Durante el recorrido, el corredor debe estar acompañado de alguien en cada una de las 42 cimas, para poder verificar el reto. Una de las tradiciones, además, establece que miembros del club asistirán al corredor que lo esté intentando corriendo con ellos una de las 5 mangas en las que se divide el circuito. En completar cada una de estas mangas, el corredor puede ser asistido.

Aquí, cada corredor es un visitante. Cada paso, una conversación. Cada cima, una pregunta que la montaña formula sin palabras. Hartmuth llegó desde lejos, desde otras cordilleras y otras victorias, pero el Round la recibió como recibe a todos: sin privilegios, sin concesiones, sin promesas.

En las primeras horas, mientras el sol intentaba abrirse paso entre nubes densas, Hartmuth avanzó con una cadencia que parecía más respiración que esfuerzo. Las montañas del Lake District no se conquistan: se negocian. Y ella lo sabía. Helvellyn la observó desde su altura solemne. Scafell Pike le ofreció su roca fría. Great Gable le mostró el camino con la dureza de quien no regala nada. En cada cima, Hartmuth dejaba algo atrás: una duda, un miedo, una parte de sí que ya no necesitaba.

Cuando el cielo decidió abrirse, no fue un enemigo: fue un ritmo. La lluvia golpeaba la hierba como dedos sobre un tambor. El viento cruzaba las crestas con la urgencia de un mensajero antiguo. Hartmuth no aceleró. No frenó. Solo siguió. Como si la montaña le hubiera marcado el paso.

En el Bob Graham Round, el tiempo no es un número: es una sustancia. Se estira, se encoge, se esconde en los valles, se acelera en las bajadas. Y cuando Hartmuth encaró el último tramo hacia Keswick, el tiempo parecía haberse detenido para observarla.

La plaza estaba tranquila, casi indiferente, como si no quisiera interrumpir el momento. Hartmuth cruzó la puerta de Moot Hall con 14h12m28s. No levantó los brazos. No buscó la cámara. Solo respiró.

El nuevo récord femenino del Bob Graham Round no es solo una cifra. Es un eco que se quedará en las laderas, en los senderos, en las piedras que guardan memoria. Es la prueba de que la montaña inglesa, tan celosa de sus tradiciones, también sabe abrir espacio a quienes llegan desde lejos con respeto y determinación.

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