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Autorretrotes, la historia del trail en España: Fernando García Herreros «Tarzán»

Hay nombres que no necesitan palmarés para ser gigantes. En un deporte tan joven como las carreras por montaña en España, donde aún estamos escribiendo la historia, hay figuras que se convierten en leyenda. Uno de esos nombres —quizá el más puro, el más salvaje, el más auténtico— es el de Fernando García Herreros, “Tarzán”. Hablar de Tarzán es hablar de una época en la que correr por el monte no era un deporte, ni una moda, ni un escaparate. Era una forma de vivir. Era una necesidad. Era, sobre todo, una libertad.

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Hay nombres que no necesitan palmarés para ser gigantes. En un deporte tan joven como las carreras por montaña en España, donde aún estamos escribiendo la historia, hay figuras que se convierten en leyenda. Uno de esos nombres —quizá el más puro, el más salvaje, el más auténtico— es el de Fernando García Herreros, “Tarzán”. Hablar de Tarzán es hablar de una época en la que correr por el monte no era un deporte, ni una moda, ni un escaparate. Era una forma de vivir. Era una necesidad. Era, sobre todo, una libertad.

Raúl García Castán ha iniciado en Territorio Trail una nueva sección mensual: Autorretrotes. En primera persona, con sus recuerdos y experiencias, García Castán desgranará la historia de nuestro deporte en España, desde el inicio de las carreras por montaña hasta hoy, con protagonistas, anécdotas y recuerdos. El primer capítulo, emitido el 11 de marzo, está dedicado a Fernando García Herreros «Tarzán».

El corazón de Tarzán, por Raúl García Castán. Primer capítulo de Autorretrotes

La memoria, esa caprichosa criatura,dócil a veces y a veces díscola, no me deja recordar con exactitud cuando vi a Fernando, en persona, por primera vez. Fernando García Herreros, “Tarzán” para amigos y enemigos, era alguien que no pasaba desapercibido, ni por su aspecto ni por su carácter. Físicamente era un portento,una auténtica fuerza de la naturaleza: de mediana estatura,parecía sin embargo más alto de lo que era, debido a su notable envergadura. Era ancho de pecho y membrudo de brazos, y las piernas, densas y recias como dos columnas del Partenón,las llevaba al natural,velludamente salvajes, sin rasuramientos ni depilaciones metrosexuales de tres al cuarto; su morfología no era, en modo alguno, la del clásico corredor de fondo, de finas extremidades como alambres.

Su complexión física estaba mucho más en consonancia con su profesión laboral -era bombero en un pueblo de la Comunidad de Madrid- que con la de un atleta de fondo convencional, y todo él irradiaba una insoslayable sensación de energía a punto de desbordarse. Cuenta la leyenda que el apodo de “Tarzán” se lo adjudicaron sus compañeros del parque de bomberos en alusión a la soltura con que el muchacho se encaramaba y se descolgaba, maroma arriba, maroma abajo, cuando realizaban sus prácticas y entrenamientos habituales,casi como si fuera un Johnny Weismuller chulapo y castizo, atravesando la jungla a bordo de sus selváticas lianas.

Sus regulares facciones, (nariz recta, mandíbula marcada), le conferían un singular atractivo al que no era indiferente buena parte del género trailero femenino de aquella época, que si bien no era tan nutrido como ahora, no faltaba, en cierto número, en casi todas las carreras.

Tarzán era de trato fácil y carácter afable, campechano, en ocasiones algo chusco, hasta rozar un punto lo chabacano, pero sin llegar a serlo nunca del todo. Sencillo en el hablar, casi tosco, era sin embargo buen conversador, y solía ser muy atento con los aficionados que se acercaban a él por admiración; tenía la cualidad de hacer que su interlocutor, por humilde que fuese, se sintiera importante hablando con él, y eso le ganó muchos adeptos incondicionales entre los corredores populares.

A su lado era imposible aburrirse, siempre tenía una frase, un gesto, una salida de tono que rompía el hielo. Recuerdo un viaje en furgoneta, de vuelta de una competición con la selección madrileña, de la que ambos éramos integrantes en aquella época, en el que a Fernando le dio por cantarnos, a voz en grito, canciones de José Luis Perales, Nino Bravo, Camilo Sesto y otros intérpretes melódicos al uso, y lo hacía con tal chorro de voz y poniéndole tanto sentimiento, que no sabía uno si reír divertido por lo pintoresco de la ocurrencia o llorar emocionado por el sentimentalismo que el tío le echaba al asunto.

Deportivamente hablando, Tarzán era una leyenda en aquella época a nivel nacional: Ganó tres campeonatos de España y tres Copas de España FEDME, en una época, además, en la que aún no había tropecientas competiciones y federaciones alternativas, ni 200 campeonatos nacionales distintos; en aquellos días, que ahora nos parecen tan cercanos y tan lejanos a un tiempo, los campeonatos y copas de España de la FEDME, eran las citas más importantes del país sin discusión. También ganó con autoridad una Zegama, creo que en la segunda edición de la mítica prueba, si no recuerdo mal, aparte de innumerables carreras por toda la geografía patria, claro.

A nivel de rendimiento físico concreto, Tarzán subía sorprendentemente bien, sobre todo teniendo en cuenta su exuberante morfología, y uno se preguntaba qué resortes tendinosos, que motor cardiovascular, qué muelles musculares no albergaría por dentro esa fisonomía, para vencer a la gravedad con semejante solvencia.

Pero si subiendo era bueno, bajando era, sin discusión, el mejor; recuerdo un descenso vertiginoso, intentando seguir su estela a través del risco de Claveles, en la sierra de Guadarrama, donde éste que ahora les habla, lo veía colocar cada pie sobre las amenazantes rocas -al tiempo que rezaba mentalmente para no romperme la dentadura toda contra el familiar granito- con una precisión endiabladamente milimétrica, casi inhumana, como justificando su apodo de guerra, Tarzán, en aquella jungla de granito que es la sierra del Guadarrama.

Ya dije al comenzar esta crónica veleidosa y lírica, que la memoria es antojadiza criatura, y justo ahora, mientras escribo estas líneas, cuando ya no estaba pensando en ello, me acaba de venir a las mientes la primera vez que coincidí en persona con Tarzán. Iba yo calentando, solo, absorto en mis pensamientos, de camino hacía la salida del Cross Tres Refugios, que entonces tenía su inicio en la sierra de La Pedriza, precisamente en uno de los 3 refugios que daban nombre a la prueba. De repente alguien, a quien yo no había oído llegar, me alcanzó por detrás y, sin más ni más, comenzó a hacerme una especie de interviu improvisada en la que el protagonista era yo: quien era, donde vivía, a qué me dedicaba… y como en aquel momento, lo que se dice ser, aún yo no era nadie en el mundillo del trail, su campechanía y ese interés tan focalizado en mí, me conmovieron a tal punto que desde aquel preciso instante hasta el momento de su muerte, acaecida dos o tres años más tarde, nos profesamos siempre una mutua y honda simpatía, a pesar de que fuimos enconadísimos rivales en infinidad de carreras en los años posteriores.

Con mi padre, que iba a verme correr en tantas ocasiones como le era posible, Tarzán mantenía una especie de hilarante pique,una sana rivalidad, en la que ambos porfiaban, apostando cuando llegaría el momento en que el hijo de mi padre,aquí un servidor, conseguiría derrotar al omnipotente Tarzán en una carrera. Mi padre le tenía un gran aprecio, y siempre, cuando hablamos de él, de Tarzán, (mi padre siempre le llama así y no Fernando) recuerda que las últimas palabras que escuchó de su boca, en la despedida de una carrera en la que Tarzán me había derrotado por unos pocos segundos, fueron: “la temporada que viene, tu chico me gana, ya lo verás”.

Y así fue. Su fatalista sentencia comenzó a cumplirse en las carreras de la copa de España de la temporada siguiente y tuvo su culmen en el campeonato de España del año 2006 entre Calpe y Gata de Gorgos, una de las carreras más duras que he corrido jamás. Aquel día Tarzán le cedió el trono nacional a quién estas palabras escribe, y un mes después, como si su hado fuera el de un héroe mítico y trágico, que habiendo cumplido su destino, considera que nada más tiene que hacer en este mundo, Fernando murió.

Fue en un accidente de tráfico, a la vuelta de un servicio ejerciendo su profesión de bombero. El camión en el que viajaba junto a sus compañeros volcó,dando algunas vueltas de campana y llevándose la vida de Tarzán y de otro de sus compañeros. Me contaron que aún llegó con vida al hospital, y que él mismo, siendo ya consciente de que iba a morir, y haciendo gala por última vez, de la generosidad que le había caracterizado en vida, donó sus órganos.

Probablemente no lo sepa, pero alguien en España tuvo, quizá todavía tiene a día de hoy, un corazón gigante e indomable. Nada menos que el corazón de Tarzán.

 

 

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