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El japonés que está participando en el Marathon des Sables con traje y corbata

Masahiro Goto, japonés, corredor, performer involuntario o genio del marketing personal —escoja cada cual su etiqueta— se ha convertido en uno de esos personajes que el MDS regala cada pocos años. No gana etapas, no aparece en los resúmenes oficiales, no tiene un documental detrás. Pero basta verlo avanzar entre dunas, con la chaqueta ondeando como si fuera un ejecutivo perdido camino de una reunión en Tombuctú, para entender por qué el campamento entero habla de él.

Fotografía: Ian Corless
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En el Marathon des Sables uno aprende rápido que el desierto no entiende de lógica. Ni de ritmos, ni de estrategias, ni de esa obsesión moderna por optimizar cada gramo de material. El Sahara es un juez antiguo: observa, calla y decide. Y en medio de ese tribunal de arena, donde la mayoría intenta pasar desapercibida para no enfadar al sol, aparece un japonés con traje, camisa y corbata. No es una metáfora. Es Masahiro Goto. Y sí, corre así.

En un MDS cada vez más profesionalizado, donde los corredores parecen astronautas y las mochilas son laboratorios portátiles, Goto irrumpe como un recordatorio de que este deporte también es acto, gesto, narrativa. Que no todo es rendimiento. Que a veces la épica se construye desde lo absurdo.

Goto no es un atleta élite ni un influencer del ultratrail. No tiene un documental detrás ni un patrocinador que le haya pedido “algo llamativo”. Su traje no es un disfraz: es su identidad. Lo ha hecho en Japón, en carreras de larga distancia, y ahora en el Marathon des Sables, quizá el último lugar del planeta donde uno esperaría ver a un ejecutivo trotando entre dunas.

Pero ahí está. Chaqueta ligera, camisa blanca, corbata que se mueve como un péndulo cansado. Y una mochila reglamentaria que parece un insulto visual al conjunto.

Mientras los demás calculan sales, calorías y ritmos, él avanza con una serenidad que desconcierta. No compite por puestos delanteros, pero tampoco parece importarle. Su carrera es otra: la de sostener un personaje en el peor escenario posible.

Fotografía: Ian Corless

Hay algo profundamente teatral en su figura. No teatral en el sentido impostado, sino en el sentido más puro: el de alguien que entiende que correr también es contar una historia. Y la suya es irresistible. Porque en un entorno donde todo es sufrimiento, él introduce un elemento de humor involuntario, de extrañeza, de ruptura. No ridiculiza la carrera; la ilumina desde otro ángulo. Es como si el Sahara, por un momento, dejara de ser un monstruo y se convirtiera en un escenario donde cabe la ironía.

Los corredores lo miran, sonríen, comentan. Los fotógrafos lo buscan. El campamento lo reconoce. Y él sigue, paso a paso, como si estuviera yendo a una reunión que queda justo detrás de la siguiente duna.

El ultratrail vive de sus héroes, sí, pero también de sus personajes. De esos corredores que no vienen a ganar, sino a recordarnos por qué nos enamoramos de este deporte: porque es humano, imprevisible, lleno de historias que no caben en una clasificación.

Masahiro Goto no ganará el Marathon des Sables. Pero ya ha ganado algo más difícil: ser inolvidable.

 

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