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Autorretrotes, la historia del trail en España: Kiku Soler

En los años en que el trail todavía no sabía que era trail, cuando el calendario era un puñado de locuras alpinas y la épica no necesitaba hashtags, el Aneto Xtreme Marathon era uno de esos templos salvajes donde se medía la esencia del corredor de montaña. Y allí, en ese escenario duro, técnico y sin concesiones, brilló un nombre que hoy sigue siendo brújula: Kiku Soler.

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Hay carreras que definen una época y corredores que definen un espíritu. En los años en que el trail todavía no sabía que era trail, cuando el calendario era un puñado de locuras alpinas y la épica no necesitaba hashtags, el Aneto Xtreme Marathon era uno de esos templos salvajes donde se medía la esencia del corredor de montaña. Y allí, en ese escenario duro, técnico y sin concesiones, brilló un nombre que hoy sigue siendo brújula: Kiku Soler.

Para quienes vivieron aquella etapa, el Aneto Xtreme no era solo una prueba: era un rito de paso. Un territorio donde la montaña mandaba y el corredor obedecía. Kiku encajaba en ese ecosistema como si hubiera nacido para él. No necesitaba estridencias ni discursos. Su forma de correr —silenciosa, limpia, profundamente respetuosa— era la mejor definición posible de lo que entonces empezaba a ser este deporte.

Kiku representó un trail que no necesitaba épica porque ya la tenía. Un trail donde la autenticidad no era un eslogan, sino una forma de estar en el mundo. Quizá su mayor legado sea este: recordarnos que el trail nació de corredores como él, no de estructuras globales ni de circuitos internacionales. Que antes de los focos, de los arcos hinchables y de las narrativas épicas, hubo gente que corrió porque la montaña les llamaba, no porque hubiera una cámara esperándoles.

Autorretrotes es la sección mensual de Raúl García Castán en la que, en primera persona, con sus recuerdos y experiencias, desgrana la historia de nuestro deporte en España, desde el inicio de las carreras por montaña hasta hoy, con protagonistas, anécdotas y recuerdos. El segundo capítulo, emitido el 16 de abril, está dedicado a Kiku Soler.

Kiku Soler, un pionero y un referente, por Raúl García Castán. Segundo capítulo de Autorretrotes

Al principio fue la nada. Los seres humanos, esas criaturas adornadas en su parte inferior, generalmente, con un par de piernas, corrían por las pistas de atletismo, por los caminos, por las carreteras, por los parques…

Los más osados, en un ejercicio de inusitado arrojo, se aventuraron a correr por unas verdes campas de hierba, encarriladas con largas cintas de plástico; y como el hombre, a todo le pone nombre,(ya lo dijo el maestro Dylan)lo llamaron cross, un pariente lejano, muy formalito y educado, de las carreras por montaña.

Enfundadas en sus variopintas indumentarias -a menudo fosforito- las buenas gentes perseguían, con mayor o menor ahínco, sus diversos objetivos: el uno corría buscando adelgazar, el otro intentando superarse a sí mismo, aquel como terapia para vencer la pereza, aquella como trámite imprescindible para ganar carreras… cada hijo de Dios, corriendo en pos de su intransferible sueño, único y personal.

Pero he aquí que un día, perdido en la noche de los tiempos, bueno, no tanto, no nos pongamos tan épicos, vamos a dejarlo en “un día, hace unos cuantos años”, sucedió algo que lo cambió todo. Alguna musa anónima, imprevisible y caprichosa, señaló con su dedo cósmico, místico y flamígero, la frente de ciertas personas, encendiendo en ellas una llama invisible que cambiaría para siempre el concepto de eso que llamamos correr.

¿Porqué eligió a esas personas y no a otras? ¿tenían los elegidos -llamémoslos así- unas características propias que los hacía especiales? No lo sé;

Las musas solo se rigen por sus propios e inescrutables designios, que no comparten con los insignificantes mortales como este que les narra esta edificante y verídica epopeya, pero Lo que sucedió a partir de aquel momento, es historia.

Estos visionarios marcados con la llama del inconformismo, alumbraron la insensata idea de liberar de todas sus ataduras, de todos sus convencionalismos y clichés el acto de correr, acercándolo a su origen más primitivo; como cuando corríamos en plena naturaleza porque nos perseguía un tigre dientes de sable, pero sin tigre dientes de sable, para que nos entendamos.

Vaya usted a saber por qué razón peregrina, estos pioneros tuvieron la brillante idea de ponerse a correr cuesta arriba (con lo que eso cansa) y cuesta abajo (con lo que eso duele) y acaso sin pretenderlo dinamitaron el concepto de correr tal como se conocía hasta entonces; y a partir de ese momento, el severo asfalto nos pareció demasiado duro,los parques urbanos, con sus funcionariales caminos de grava, muy aburridos, las ondulantes campas de cross demasiado encorsetadas, y las aritméticas pistas de atletismo insoportablemente previsibles; adiós a todos los caminos marcados, medidos, estudiados, conocidos, registrados, mapeados, asfaltados y sin asfaltar; hola qué tal a la gozosa incertidumbre de correr por lugares por donde hasta ese momento era imposible, o al menos impensable, correr; si Newton y su manzana agresora de cabezas, levantaran la idem, abominarían de los corredores de montaña, por desdeñar con tanta frivolidad el poderío de su teoría de la gravedad, esa fuerza invisible, ese imán desconcertante y siempre porculero, que tira de uno para abajo cuando sube una cuestecita de nada.

A partir de aquél momento, las montañas, esas bellas arrugas en la piel de la tierra, esos granos ciclópeos de roca y arena en el cutis del planeta, se convirtieron, en toda su esplendorosa variedad estética, en el templo de esa religión que, andando el tiempo,y adoptando ese pragmatismo en el lenguaje, tan típicamente anglosajón, hemos dado en llamar, finalmente, trail.

Uno de estos apóstoles primigenios que lo iniciaron todo, es el protagonista de nuestro autorretrote de hoy. Por situarlo con precisión en el escalafón cosmogónico que venimos desarrollando, diríamos que, si el dios único y verdadero de nuestra Religión, alabado seas, señor, es Kilian, Quico Soler, el personaje que hoy nos visita en “Autorretrotes”, es su profeta.

Quico Soler i Escamez. -Kiku, con dos kas, para los mortales que tienen la suerte de conocerlo-, es un corredor atípico para lo que hoy se estila en el planeta Trail. como se irá viendo a lo largo de esta crónica volandera. A diferencia de la mayoría de los nombres que nos acompañarán en este espacio, no tengo épicas interacciones deportivas con Kiku, porque nuestras espadas en alto no coincidieron exactamente en el tiempo, así que tengo que conformarme con glosar su imprescindible figura, en el contexto de la historia de las carreras por montaña, como un simple admirador, más que como un rival deportivo.Con su pelo ensortijado a lo héroe troyano, la piel intensamente mediterránea, la sonrisa perenne y los ojos achinados tras los cristales de unas gafas, a medio camino entre las de John Lennon y Jordi hurtado, Kiku fue jalonando con hitos invisibles, acaso sin saberlo ni pretenderlo, el camino del trail, cuando ni el propio trail sabía lo que era el trail, y por supuesto ni siquiera se llamaba así.

Aquel abrupto camino de los inicios, se ha transformado hoy en una cómoda autopista por la que este deporte evoluciona a toda velocidad, quemando etapas, experimentando con el prueba y error, yendo a veces incluso demasiado rápido, sin saber muy bien si el camino elegido no habrá que desandarlo más tarde. Y precisamente por todo eso, es importante no olvidar que no siempre fue todo tan sencillo. Esta crónica de autor, con la que una vez al mes martirizo a los osados radioyentes y lectores que nos siguen al otro lado de las ondas, o del papel, ha nacido para recordar lo evidente; que sin pasado no hay futuro.

Cuando este que ahora les habla, conoció al gran Kiku, él rodaba ya por la vertiente descendente de su carrera atlética, y se prodigaba, más que corredor puro y duro, a tiempo completo, como responsable federativo de la selección catalana, con la que conquistó 7 copas del mundo -primero como atleta y luego como técnico- bajo la tutela institucional de la FSA, embrión federativo que controlaba las competiciones internacionales en aquella época, y antecesor directo de lo que ahora sería… ni idea qué, porque hay tantas federaciones, instituciones, asociaciones y demás ones, que yo, que no soy nada dado a interesarme por estas cuestiones de la burocracia deportiva, me pierdo.

Antes de aquello, como corredor plenamente en activo, Quico Soler acumuló un magnífico palmarés atlético del que se desprende una sorprendente versatilidad: marcas como 3’52” en la prueba de 1500, 14’20” en el 5000, 8’44” en 3000 obstáculos, 1h 06 en medio maratón o 2h 26’ en los 42k195m, dan fe de la polivalencia de Kiku como atleta convencional. Pero en el aspecto que a nosotros nos atañe, que es el de desafiar a la gravedad y al sentido común, devorando cumbres, Kiku estableció, sin saberlo ni seguramente pretenderlo, algunos de los hitos fundacionales de este deporte; me refiero, cómo no, a la victoria en las 3 ediciones de la mítica carrera primigenia del Aneto, cumbre que nuestro protagonista subía y bajaba incendiando el crono, y causando el asombro, por no decir la perplejidad, de los naturales de la zona, que se hacían cruces comentando la velocidad diabólica de aquel muchacho delgaducho y moreno que más parecía un centauro, mitad animal mitad humano, que una persona de esas de carne y hueso.

Fueron muchos, entre ellos quien esto les cuenta, los que descubrieron las carreras por montaña leyendo las reseñas de las hazañas del singular Kiku, que despertaron en muchos de nosotros una chispa que, sin saberlo, yacía adormecida en nuestro interior, y nos condujo a querer imitar sus pasos, nunca mejor dicho.

Kiku vive hoy una vida alejada y en cierta medida disconforme con el rumbo, para su gusto excesivamente mediático, que ha tomado nuestro deporte, y se dedica a compaginar su trabajo como guarda forestal con la práctica de variopintos deportes, siempre relacionados, eso sí, con su amada, con su imprescindible, con su ineludible, montaña: escalada, mountain bike, senderismo y ocasionalmente (muy ocasionalmente) correr, son sus más recurrentes opciones deportivas.

Los profetas es lo que tienen, que crean y difunden las religiones y luego, cuando en estas empiezan a aparecer los becerros de oro reniegan de ellas, desencantados, y se convierten en anacoretas, encaramándose a su personal columna en el desierto, como San Simón, pasando de todo y de todos. Y qué quieren que les diga, a mí me encanta que lo hagan.

 

 

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