Zegama Aizkorri y Leadville 100, dos carreras nacidas de una necesidad convertidas en referencia y con sus propios iconos

Zegama–Aizkorri y Leadville 100 no se parecen en el paisaje, ni en la distancia, ni en el estilo de carrera. Pero comparten algo más profundo: ambas surgieron como respuestas a un vacío, como proyectos casi artesanales que buscaban sostener una identidad, una comunidad y una forma de entender la montaña.

Hoy son iconos globales del trail running, pero su origen fue humilde, local y profundamente humano. Zegama–Aizkorri y Leadville 100 no se parecen en el paisaje, ni en la distancia, ni en el estilo de carrera. Pero comparten algo más profundo: ambas surgieron como respuestas a un vacío, como proyectos casi artesanales que buscaban sostener una identidad, una comunidad y una forma de entender la montaña.

A finales de los años 90 y comienzos de los 2000, el trail running todavía no era un fenómeno global. En el País Vasco, sin embargo, existía una tradición montañera sólida, con carreras de montaña, marchas y un vínculo cultural con el Aizkorri que iba más allá del deporte. La idea de crear la maratón surgió de un pequeño grupo de montañeros y vecinos de Zegama que querían poner en valor el macizo del Aizkorri, su red de senderos y la identidad local. No buscaban atraer a la élite mundial; buscaban dar visibilidad a su territorio y crear un evento que uniera al pueblo. Los primeros años fueron casi familiares, con menos de 300 participantes y  un presupuesto mínimo, pero con un recorrido técnico que reflejaba la esencia del trailrunning…. cuando todavía ni se le llamaba así. Zegama entendió desde el principio que la carrera sería tan fuerte como lo fuera su gente.

En Colorado, la historia fue más dramática. En 1982 cerró la mina Climax, el motor económico de Leadville. La ciudad perdió miles de empleos y entró en una crisis profunda. Fue entonces cuando Ken Chlouber, minero y corredor, lanzó una idea que parecía descabellada: organizar una carrera de 100 millas para atraer visitantes y reactivar la economía local. La primera edición, en 1983, reunió a apenas 45 corredores. El objetivo no era deportivo: era económico y emocional. Leadville necesitaba demostrar que podía resistir, que su espíritu era más duro que la mina que había perdido. El lema que Chlouber repite desde entonces resume el ADN de la prueba: “You’re tougher than you think you are.”

Zegama quería mostrar su cultura. Leadville quería salvar su economía. Ambas encontraron en la montaña la herramienta para hacerlo. Dos iconos del trailrunning mundial contribuyeron además a su crecimiento: Kilian Jornet y Anton Krupicka.

Kilian Jornet se convirtió en el rostro inseparable de Zegama–Aizkorri, el corredor que transformó una maratón de montaña en un fenómeno global. Su primera victoria abrió una era en la que no solo acumuló triunfos  sino que definió la identidad competitiva y emocional de la prueba. Cada una de sus actuaciones reforzó la idea de que Zegama era el lugar donde los mejores venían a medirse con algo más que un recorrido: venían a enfrentarse a un mito. Para la organización, para el público y para la propia historia del trailrunning, Kilian fue mucho más que un ganador: fue el catalizador que proyectó Zegama al mundo, el atleta que convirtió el pasillo de Sancti Spiritu en un símbolo universal del trail.

Anton Krupicka desempeñó un papel similar en Leadville 100, aunque desde una estética y un contexto muy distintos. Su irrupción en 2006 y 2007, con dos victorias consecutivas y un estilo minimalista que rompía con todos los códigos del ultrarunning estadounidense, redefinió la imagen de la prueba y la proyectó hacia una nueva generación. Krupicka no solo ganaba: encarnaba el espíritu de Leadville, la autosuficiencia, la dureza, la conexión íntima con la montaña y la idea de que correr 100 millas era un acto de identidad. Su figura atrajo a medios, marcas y corredores que nunca antes habían mirado hacia Colorado, y consolidó a Leadville como la gran clásica del ultratrail norteamericano. Si Leadville es hoy un icono, es en parte porque Anton convirtió su leyenda personal en la leyenda de la carrera.

Fotografía: Andrew Wilz

La entrada de Zegama en las Skyrunner World Series a partir de 2002 fue un punto de inflexión. La carrera pasó de ser un evento local a convertirse en la referencia mundial del skyrunning técnico pasando a tener miles de solicitudes para un dorsal, la presencia de la élite mundial con Kilian Jornet a la cabeza y un público único que año tras año regala imágenes que dan la vuelta al mundo. Zegama creció porque la experiencia era irrepetible.

Leadville se consolidó en los años 90 como una de las grandes ultras del mundo. Su dureza —altitud constante por encima de 3.000 m, el doble paso por Hope Pass, más de 4.800 m de desnivel positivo— la convirtió en un desafío mítico atrayendo también corredores icónicos como Anton Krupicka, Ann Trason, Matt Carpenter y generando un impacto económico: millones de dólares anuales para la ciudad. Leadville se convirtió en un símbolo de resistencia, de autosuficiencia y de la estética clásica del ultrarunning norteamericano.

Zegama y Leadville nacieron por necesidad, crecieron por autenticidad y se consolidaron por su capacidad de emocionar. Son dos ejemplos de cómo el trail running puede ser mucho más que un deporte: puede ser identidad, comunidad y memoria. Ambas han creado mitologías propias: Sancti Spiritu y Hope Pass son ya lugares sagrados del trail, Zegama sigue siendo un evento de pueblo, con voluntarios que conocen cada piedra del Aizkorri. y Leadville continúa siendo una carrera que recuerda cada año por qué nació: para demostrar que la comunidad es más fuerte que la adversidad.

 

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