Todo en la vida pasa por algo

Juan Pérez Torreglosa, reciente Campeón de Andalucía de Ultras, comparte su experiencia personal durante los meses que estuvo lesionado.

Me gustaría empezar comentando una frase que me dijeron un día cuando ya estaba recuperado de la lesión: “en esta vida todo pasa por algo”. Y la verdad, cuanto más lo pienso más de acuerdo estoy. Lo mismo no es algo tan mágico y quizás es que, simplemente, se me da bien buscar el lado positivo de las cosas y sacar enseñanzas de todo lo que me ocurre. Era allá por el mes de Marzo cuando me diagnosticaron una fractura de fémur por estrés junto con un osteoma osteoide o tumor benigno en el hueso (que, posiblemente, había tenido que ver en la fractura). Ya llevaba unas ocho semanas de entreno planificado, un macrociclo de base en el que había invertido muchas horas (y cuando digo muchas, son muchas incluso para un ultrero como yo). Todo se desmoronó en un instante, todo el tiempo invertido se iba al garete y, encima, no iba a poder llegar a ninguna de las carreras previstas. Sin embargo, como decía al principio, “en esta vida todo pasa por algo”. Y es que he de reconocer que iba sacando los entrenos pero no estaba motivado para competir. Cuando empiezas una temporada que sabes que se va a prolongar unos diez meses planteándote lo mucho que te queda, vas mal. Quiero pensar que la lesión fue la forma que tuvo el cuerpo de decirme “es hora de parar y volver a encontrar la motivación”.

Volviendo al tema de la lesión, y por si a alguien le sirve de ayuda, he de decir que mientras no tuve diagnóstico lo pasé fatal. El hecho de no saber qué tienes y ver cómo pasan los días sin poder entrenar y que el calendario de carreras se te viene encima te genera mucha frustración y ansiedad. Te autoengañas, pese a que te levantas de la cama ya cojo sin poder apoyar el pie, piensas que la siguiente semana vas a estar bien, intentas parchear entrenos tirando de entreno cruzado y quieres hacer cómplice de tu película a tu entrenador (“tú ponme lo que sea, elípitca, bicicleta, yo lo haré y ya la semana que viene retomamos los entrenos normales”). Por suerte, la persona que me entrena es más que un amigo, yo diría que un hermano, y tenía las ideas claras: “no vas a tener ningún planning hasta que no sepamos lo que tienes” (gracias, Xavi). Queda claro que esos días yo presentaba un claro síndrome de abstinencia.

Tras tanto escuchar “a ti lo que te pasa es que nunca has tenido una lesión, a todo el mundo le duele algo cuando corre, estás muy mal acostumbrado”, empezaba a creer que lo mismo estaba loco. En esas estaba cuando una tarde un amigo, mi buen amigo Miguel, me invitó a tomar café. Y me abrió los ojos. Más o menos me vino a decir algo así: “Tú no estás loco, ¿cómo una persona que corre ultras no va a saber lo que es el dolor? Anda, busca por tu cuenta algún sitio en el que te hagan una resonancia magnética y descubre qué es lo que tienes ahí”. Gracias Miguel, posiblemente, sin tus palabras, hubiese seguido corriendo, hubiera provocado que estallara el fémur y ahora no podría correr. El diagnóstico, pese a su gravedad, me trajo una gran sensación de alivio, ya me olvidé de calendarios, se acabó la frustración y dejé de vivir en el futuro para volver al presente. Además, el traumatólogo me comentó que, ya que la fractura no había tenido desplazamiento y el hueso estaba en su sitio, podía montar en bici – sin levantarme- y nadar (al menos ya tenía algo con lo que quitarme el mono).

Otro momento que me gustaría resaltar se produjo cuando algunos medios se hicieron eco de mi lesión. Recibí una llamada telefónica que iba a ser fundamental en la manera en la que afronté los meses en el dique seco. Azara García, a la que había conocido el año antes en Somiedo, me llamó y me dio un gran consejo: “estás lesionado pero no te abandones, nada de rendirse y tirarse al sofá; si te dejan hacer bici, haz bici, si te dejan nadar, nada, lo que sea menos estar parado, aprovecha el parón y mejora en cosas que quizás tienes descuidadas como la nutrición”. Me puse manos a la obra, aproveché para ir a la consulta de un nutricionista y me propuse como reto semanal hacer 8000 metros de nado en la piscina y hacer entre 250 y 300 kilómetros semanales de bicicleta. La verdad es que pasar de vivir en el futuro con un estado de incertidumbre a vivir en el presente en el que todo volvía a depender de mí, me mantuvo animado, positivo y feliz. En este periodo aprendí una gran lección sobre mí mismo: que podía ser feliz sin correr, que realmente lo que me hacía feliz es llevar una vida activa.

Las semanas pasaban y creo que hice tanto deporte que me puse hasta en mejor forma que antes de la lesión. Estaba muy mentalizado de que tenía que estar en muy buen estado para que, en cuanto pudiera correr, la transición fuera lo más rápida posible. Ya por el mes de Julio, tras hacerme una radiografía, se pudo comprobar que el hueso había vuelto a consolidar. El tumor benigno seguía ahí, pero me comentaban que era bastante improbable que se volvieran a dar todas las circunstancias para que se repitiera la fractura. De todas formas, lo importante era que podía volver a correr. Para la vuelta a correr me puse en contacto con un fisio con experiencia en rehabilitación el cual me mandó un planning de unas tres semanas de readaptación. Para que os hagáis una idea de cómo era el planning, mi primera sesión fue de 30 minutos en los que tenía que alternar un minuto corriendo muy suave (llamémoslo zona 2) y un minuto andando. Y, para sorpresa mía, al día siguiente tenía unas agujetas del carajo. Aun así, recuerdo cómo se me puso la piel de gallina ese primer día que me calcé las zapatillas de nuevo.

El fin de la readaptación coincidió con el comienzo de mis vacaciones. Normalmente, planeo el destino de mis vacaciones con un lugar que me permita cumplir con los entrenos que tengo planificados. Eso me limita bastante los destinos. Sin embargo, este año no tenía nada que me limitara mi elección por lo que planifiqué un viaje con mi furgoneta. Iba a ir a ver el campeonato de España de Ultratrail de la FEDME a Somiedo para apoyar a mis compañeros de la selección andaluza y de allí me iba a ir hacia los Alpes, a la zona de Des Ecrins. Por el camino tenía pensado aprovechar para ir visitando lugares como Aínsa o visitar a familiares y amigos. En Somiedo fue la primera vez que volví a correr por montaña y el lugar en el que lo hice creo que hacía honor a la ocasión: corrí desde Saliencia a la Farrapona pasando por Los Bígaros. Creo que es una de las zonas más espectaculares del Ultra Trail Desafíosomiedo. Me sentí como un niño y me flipé tanto que quizás me apreté más de la cuenta (las agujetas al día siguiente me lo confirmaron). En mi mente ya empezaba a asomar la idea de que quizás me daría tiempo a preparar el campeonato de Andalucía de Ultras (la Gran Vuelta al Valle del Genal) que se correría a finales de Noviembre. Cuando digo “preparar” me refiero a que en mi cabeza estaba la idea de intentar ganarlo. En pocos días iba a encontrarme con mi entrenador para hacer la ruta de Cavalls del Vent (en plan mochila, no corriendo) y quería aprovechar para ver qué opinaba acerca de mis posibilidades. Sólo me planteaba correr si él me daba el visto bueno. Para mi sorpresa, me dijo que contara con él, que tenía plena confianza de que iba a llegar perfecto porque realmente no había estado parado y llevaba a mis espaldas una base muy buena de la bicicleta. Es más, yo pensaba que me iba a “joder” mi viaje por Des Ecrins con entrenos planificados y me veía ya un poco preso de los kilometrajes y desniveles. Pero ni si quiera eso, me dijo que en el viaje hiciera lo que me apeteciera y simplemente disfrutara. Ya, a la vuelta a casa, en Septiembre, tendríamos 8 semanas para preparar específicamente la carrera y ahí me convenía llegar con las pilas cargadas porque iba a ser duro, muy duro.

Del viaje tampoco voy a profundizar mucho. Antes de salir me había hecho una guía de viaje con la lista de rutas que me gustaría hacer siguiendo un trazado de carreteras rodeando el Parque Nacional Des Ecrins. Titulé la guía “Alejarse del mundo para encontrarse a uno mismo”. Mi vida era simple: me levantaba, hacía alguna ruta corriendo por la mañana y alguna tarde incluso cogía la bici y me subía algún puerto mítico de la zona. Mis únicas preocupaciones fueron hacer deporte, comer y dormir. Y la verdad es que estaba tan despreocupado de todo que perdí la noción del tiempo y no sabía ni en qué día vivía. Lo de vivir en el presente lo tenía ya muy interiorizado. Del último día que estuve andando por los Alpes tengo un vídeo caminando tranquilamente por la montaña hablando conmigo mismo en el que me vengo a decir algo así: <<Si hay algo útil para encontrarse a uno mismo es “bajar el volumen del ruido exterior” y durante este viaje no es que lo haya bajado, es que he conseguido ponerlo en “mute”. Y evidentemente, teniendo tiempo y sin preocupaciones ni distracciones, sacas tiempo para reflexionar acerca de las cosas que quieres en tu vida. Me voy satisfecho a nivel deportivo y espiritual, con las ideas muy claras y con un montón de objetivos que quiero hacer. Vamos, que tengo ilusión de llegar a casa y ponerme manos a la obra con todas esas cosas>>.  Había vuelto la ilusión y ni que decir tiene que uno de esos objetivos era volver a demostrarme a mí mismo que volvía a ser corredor de montaña: estaba muy motivado para volver a los entrenos y enfrentarme la carrera más larga que había corrido hasta ahora: la Gran Vuelta al Valle del Genal (130 km).

Como decía al principio, creo que la lesión fue la forma que tuvo el cuerpo de decirme “es hora de parar y volver a encontrar la motivación”. Ahora tenía de nuevo esa motivación y quería que la carrera fuera el punto final a lo que en un principio miraba como una pesadilla que me tocaba vivir y ahora, ya vivida, veía como una gran lección vital a la que le tengo especial cariño. Y el punto y final para esta historia estuvo a la altura: la victoria en la Gran Vuelta al Valle del Genal, el resurgir como el Ave Fénix de sus propias cenizas.

Y como epílogo, me gustaría dedicar unas palabras a toda la gente que me apoyó en el camino. Gran parte de que nunca me rindiera se debe a vosotros. Me gusta resumir vuestro apoyo en que el mensaje que más leí y escuché cuando volví a correr fue “me alegro de volver a verte correr”. Esa frase me hace sentir muy orgulloso de la gente que me rodea: gente que simplemente es feliz si te ve a ti feliz. Pero más que por volver a correr, estoy convencido de que estoy feliz por haber descubierto que correr no es tan importante y que vivir es más sencillo de lo que muchas veces lo hacemos. En la vida hay muchas cosas peores que una lesión. No dejéis que eso os borre la sonrisa. Buscad la parte positiva, todo en la vida pasa por algo.

 

 

Juan Pérez Torreglosa
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