La semana pasada, Ultres Catalunya agitaba el avispero con un artículo que planteaba una pregunta tan incómoda como necesaria: “¿Está el trail perdiendo su esencia popular?” No era la primera vez que alguien lo decía, pero sí una de las pocas en las que se verbalizaba con claridad lo que muchos corredores llevan tiempo sintiendo. El texto funcionó como un espejo: cada uno vio reflejado en él su propia relación con un deporte que, sin hacer demasiado ruido, ha cambiado más en diez años que en las tres décadas anteriores.
Y aquí estamos, recogiendo el testigo. Porque la pregunta que sobrevolaba aquel artículo —y que hoy ya no se puede esquivar— es otra, más directa, más cruda: ¿Se ha convertido el trailrunning en un deporte para ricos?
El trail nació como una respuesta natural al asfalto. Un movimiento casi espontáneo: gente que quería correr sin semáforos, sin tráfico, sin pulsómetros de última generación. Bastaba con unas zapatillas decentes, una mochila heredada y ganas de perderse por el monte. Era un deporte de barro, de improvisación, de dorsales que costaban menos que una cena.
Pero el presente es otro. Hoy, para participar en muchas carreras, hay que pasar por caja con una alegría que no todos pueden permitirse:
- Inscripciones que superan los 100 euros en pruebas de media distancia.
- Ultra trails que rondan los 200, 300, 700 e incluso más.
- Material obligatorio que, entre mochilas, frontales, cortavientos “homologados” y zapatillas de gama alta, puede acercarse a los 500 euros.
- Viajes, alojamientos, fisioterapia, nutrición deportiva, revisiones médicas…
El trail, que presumía de ser accesible, empieza a parecerse a esos deportes donde el talento importa, sí, pero el presupuesto también, aunque también sería injusto demonizar la evolución del deporte. La profesionalización ha traído cosas buenas como la mayor seguridad en carrera, mejoras en la señalización, voluntarios formados y una cobertura mediática creciente. Las grandes carreras ya no son solo eventos deportivos: son productos turísticos, escaparates de marca, festivales de montaña. Y cuando el espectáculo crece, la factura también.
En Territorio Trail Media lo hemos dicho muchas veces: el 95% del pelotón es popular. Gente que trabaja, que entrena cuando puede, que paga su dorsal con ilusión y que vive la carrera como una fiesta. Pero ese corredor empieza a sentirse desplazado. No porque no haya sitio para él, sino porque cada vez cuesta más ocuparlo. Cuando una inscripción cuesta lo mismo que un fin de semana en familia, la decisión deja de ser deportiva y pasa a ser económica. Y ahí es donde el trail empieza a perder su esencia: cuando deja de ser un deporte para convertirse en un lujo.
Durante años, el trail se ha vendido como un deporte democrático. “Solo necesitas unas zapatillas”, decían. Y sí, correr sigue siendo gratis. Pero participar ya no lo es tanto. El discurso motivacional de “si quieres, puedes” se tambalea cuando la barrera de entrada no es física, sino económica. Porque querer, queremos todos. Poder, no tantos.
Mientras tanto, las carreras pequeñas son el último refugio y el corazón del trail con inscripciones asequibles, premios simbólicos y ambiente familiar. Son el recordatorio de que el trail no necesita artificios para ser auténtico. Pero también son las que más sufren: menos patrocinio, menos visibilidad, menos recursos. Y, paradójicamente, son las que más preservan la esencia del deporte.
El trail no es —todavía— un deporte para ricos. Pero sería ingenuo negar que se está moviendo en esa dirección. La pregunta no es si podemos frenar esta tendencia. La pregunta es si queremos hacerlo. Si queremos un deporte donde la épica se mida en euros o uno donde siga importando más la historia que el precio del dorsal. Si queremos carreras para todos o solo para quienes pueden permitírselas. Si queremos un trail de escaparate o un trail de montaña.
El artículo de Ultres Catalunya abrió la puerta. Ahora toca cruzarla. No para buscar culpables, sino para decidir qué trail queremos dentro de diez años. Porque el trailrunning no nació para ser exclusivo. Nació para ser libre.