El UTMB de Pau Capell, cuando el élite se viste de corredor popular

La historia del corredor que tocó el cielo en 2019 continuó en 2026 con un capítulo inesperado y profundamente humano. El del élite que tuvo que caminar, sufrir, detenerse, vaciarse y volver a empezar. El del campeón que se vistió de popular para recordar por qué corre. El del corredor que, aun roto, aun tarde, aun distinto, decidió llegar. Y llegó. Y se llevó una vuelta más. También más confianza, fuerza y energía para volver.

Pau Capell es una de las grandes estrellas mundiales del trail running. El corredor catalán forma parte del imaginario colectivo de este deporte y su nombre está escrito en la historia de la UTMB Mont Blanc, la meca del ultratrail, donde en 2019 ganar la carrera más grande del mundo. Aquella victoria lo convirtió en leyenda y abrió una relación intensa, emocional y a veces sinuosa con el Mont Blanc. Desde entonces, cada edición ha sido un capítulo distinto, una conversación íntima con la montaña, un intento de reencontrarse con aquel día perfecto que marcó su carrera. Pero también una lucha contra los reveses, las dudas y los silencios que acompañan a quienes ya han tocado la cima.

En 2026, Capell regresó a Chamonix con la intención de correr una UTMB “cómoda”, segura, controlada. Su previsión era de 21:30h, un tiempo que encajaba con su experiencia y con su estado de forma. Y durante muchos kilómetros, todo apuntaba a ello. Hasta La Fouly, Pau era Pau: eficiente, metódico, sólido, dueño de su ritmo. Tenía buenísimas piernas, pero la montaña, caprichosa como siempre, decidió que aquel día no sería un día de élite. Sería un día de verdad. Un día de corredor popular.

El punto de inflexión llegó antes de Champex-Lac. Una mala estrategia de nutrición, veinte geles ingeridos hasta el kilómetro 110, bebida de carbohidratos… y el estómago dijo basta. Se bloqueó. De repente, dos opciones: insistir y vomitar, o dejar el estómago tranquilo y beber solo agua. Eligió la segunda. Y esa decisión, tan simple como devastadora, cambió la carrera. Llegó a Champex en “low energy”, sabiendo que a partir de ahí solo quedaba bajar. Lo que vino después fueron nueve horas de arrastrar, sufrir, parar, pensar en irse, seguir y decidir llegar a Chamonix. Nueve horas en las que la cabeza no quería seguir, aunque las piernas aún respondieran. Nueve horas en las que un mito del trail vivió una explosión mental que lo dejó expuesto, vulnerable, humano.

La fotografía en Vallorcine, kilómetro 152, resume ese estado. Quedaban veinte kilómetros para meta. Llevaba seis horas sin poder ingerir nada, con la energía justa para caminar y respirar, con el mal rato de no poder competir como quería. El cuerpo dolía, pero no era un dolor físico localizado: era un dolor general de organismo, una fatiga profunda que no se mide en pulsaciones ni en vatios. Allí, en ese banco, pidió a Nuria Vidal que lo estirara boca arriba. Dejó los brazos colgando, cerró los ojos. Ella le tiraba agua en la cabeza mientras él notaba cómo su cuerpo descansaba por primera vez en horas. Era una escena que no pertenece al élite, sino al corredor popular que lucha por llegar, que guarda lo poco que tiene, que se recoge para protegerse del vacío.

Aun así, siguió. Aun así, llegó. Aun así, cruzó Chamonix en 24 horas, muy por encima de lo planificado, en la posición 77 de la general y a más de seis horas del ganador. Pero ese resultado, frío en la clasificación, es cálido en la historia. Porque hay una épica que no aparece en los podios, una épica que solo se revela cuando ya no puedes competir, cuando ya no puedes luchar por un top-10, cuando ya no puedes correr como tú sabes. Una épica que nace cuando decides seguir aun sabiendo que no vas a ganar nada… salvo a ti mismo.

Capell lo explica con una sinceridad que desarma: “Terminarla así me ha reforzado. Cuando tienes un problema que sabes que no puedes girarlo y aún así persistes, esto te hace sentir orgulloso y con la fuerza personal de poder con todo.” Esa frase no es un análisis deportivo. Es una declaración de identidad. Es la constatación de que, incluso en un día torcido, incluso en un día lento, incluso en un día de corredor popular, la montaña puede devolverte algo que no se compra, no se entrena y no se gana: la certeza de que sigues siendo capaz de dar la vuelta al Mont Blanc.

La historia que empezó en 2019 continúa en 2026 con un capítulo inesperado y profundamente humano. El del élite que tuvo que caminar, sufrir, detenerse, vaciarse y volver a empezar. El del campeón que se vistió de popular para recordar por qué corre. El del corredor que, aun roto, aun tarde, aun distinto, decidió llegar. Y llegó. Y se llevó una vuelta más. También más confianza, fuerza y energía para volver.

 

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