El Annapurna desde detrás de una cámara.

Andrés Navamuel fue el fotógrafo de la expedición de Alex Txikon al Annapurna. Su primera expedición a un ocho mil, una experiencia inolvidable que el embajador de Trangoworld comparte en primera persona.

Hacia tan solo unos meses que por medio de un evento que organizó Trangoworld en Asturias conocí a Alex, y unos días después me propuso algo que estaba ya siendo realidad.

Databa 20 de diciembre y me encontraba en Humkhola junto a Alex, Eneko, Mattia y un grupo de amigos que estarían con nosotros unos días. Caminamos durante horas siguiendo ascendentemente el curso del rio hasta finalmente alcanzar el campo base ya caída la noche, aún no era consciente donde me encontraba pero a la mañana siguiente tras una tranquila y gélida noche a 4190m, al salir de la tienda quedé asombrado por lo que vieron mis ojos, ¡ menudo lugar ! rodeado de grandes montañas como el Tilicho Peak y los tres Nilgiris, pero lo que más resaltaba a la vista fue el imponente Annapurna I, elevándose por encima del resto.

Los primeros días fueron curiosos, poco a poco fui entendiendo cómo funcionaba la vida aquí arriba y ayudando a montar y organizar todo. Pocos días pasaron cuando nos encontrábamos celebrando la Puja momentos antes de salir hacia arriba como primera rotación, ¡ que ganas ! cuánto tiempo esperando este momento de por fin poder avanzar y conocer que se encontraba allá encima del glaciar. Yo como cámara de la expedición la verdad que me tocaba una labor algo liosa, y más siendo la primera vez, tenía que estar preparado con el mismo material que el resto de personas y sherpas y a todo esto añadiéndole todo el jaleo de cámaras, dron y sus respectivas tarjetas, baterías… más peso y siempre corriendo de un lado a otro.

La primera noche a cinco mil metros resultó más agradable de lo que esperaba, también cierto es que venía muy bien aclimatado y la paliza previa para alcanzar el campo uno y luego estar haciendo fotos durante la noche hizo que cayera redondo. A la mañana siguiente Alex, Mattia y los sherpas continuaron atravesando el glaciar hacia campo dos y yo me quedé recogiendo kilos y kilos de basura que había acumulados del pasado año para bajarlo de nuevo al campo base.

Pasamos la Navidad en “petit comité” pero muy a gusto, y pasaban los días, no se podía ascender porque hacía mucho viento en altura por lo cual nos dedicábamos a observar la montaña desde abajo. Las noches las pasaba entrando y saliendo de la tienda comedor mientras realizaba varios timelapses y entre rato y rato jugando a la Brisca con Eneko y de vez en cuando con Alex al cual era imposible ganar porque ( siempre repartía las cartas… jajaj ) durante el día a ratos leía, otros editaba con el ordenador y el resto de tiempo lo pasaba paseando o en la cocina echandome unas risas con Rayu Ambar y Eneko, ¡ menudos manjares nos hacían estos tres !

Llego el día de Nochevieja y nos encontrábamos de nuevo por encima del glaciar repleto de seracs en campo uno, esta vez a parte de cumplir con lo mío de cámara, me tocó subir dos bobinas de cuerda ! eso son cuatrocientos metros ! menudo dia aquel, que cansancio.

De nuevo el equipo bajo al campo base y entraron más días de viento en altura, ya los días pesaban, las noches a -15C se convirtieron en rutina, la barba no paraba de crecer, y se echaba de menos a los de casa tras dos meses ya en Nepal, pero cada mañana despertar y ver todo aquello hacía que se te olvidaran los momentos duros.

9 de enero nos dirigíamos de nuevo hacia arriba, esta vez con intención ya de atacar cumbre, derrepente mientras Alex y yo cruzábamos el glaciar oímos como rompe un serac ( lo hacen constantemente ) pero este cae sobre un enorme muro de hielo y observamos como se fractura, en ese momento me pasaron mil cosas por la cabeza pero al instante corrimos en busca de algún gran bloque en donde protegernos, Alex quizás sabría más, pero yo desconocía del tamaño que podría tener aquella avalancha, pero desde luego estaba seguro que nos iba a comer. Suerte la nuestra que se detuvo y tan solo nos llegó una gran nube de nieve, el resto del equipo observaba desde la lejanía lo que sucedía preocupados por nosotros, desde ese momento salimos con los crampones medio corriendo cruzando a través de todos los bloques de hielo que habían caído dirección a campo uno pero con el miedo en el cuerpo de que pudiera caer otra, nos rompió la cuerda fija y tuvimos que subir por grandes pendientes de hielo “a pelo” sin poder cometer ningún error porque caeríamos.

Fue una hora escasa pero cuando ya a salvo cruzamos todos, se nos quedó una sensación extraña en el cuerpo sabiendo que habíamos estado muy cerca.

Aquella noche no paró de soplar el viento, estábamos en el saco a las cuatro de la tarde y no salimos hasta que amaneció a las nueve de la mañana, una noche muy larga. Seguidamente subimos a campo dos, para mi era la primera vez y lo flipe ! que sensación más chula el saltar de grieta en grieta, Alex aún hoy no para de recordarme como le pedía yo Andrés sentarme porque estaba agotado, subimos muy rápido con peso y sin parar, pero el que conozca a Alex ya sabrá que obviamente no me dejó parar y sentarme tan solo un minuto y seguimos subiendo a toda pastilla y al mismo tiempo haciendo fotos.

A la mañana siguiente un grupo salió antes en avanzadilla y descubrió que una grieta se había tragado todo el material ! Esto supuso un golpe duro para todos porque subir todo eso allí supondría al menos otras dos rotaciones más ! Esto significaba asumir mucho mucho riesgo en una montaña con es el Annapurna.

De vuelta en el campo base nadie estaba triste, al contrario ! Aunque esto hubiera supuesto el final de la expedición estábamos contentos de los momentos vividos, las amistades creadas, y lo más importante, que estábamos todos. Aunque parezca mentira fue difícil dejar atrás el campo base, un pequeño paraíso a 4190m.

Autor: Andrés Navamuel, embajador Trangoworld

 

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