Burning Man Ultra: polvo, alcohol, sexo, drogas, rock… y trailrunning

Una carrera donde el desierto es el escenario, la locura forma parte del recorrido y llegar a meta puede ser, paradójicamente, lo menos importante de toda la aventura.

Al escribir en Google Maps «Black Rock City» la búsqueda lleva a una remota zona del desierto de Nevada a unos doscientos kilómetros de Reno (donde se suele volar cuando se tiene por destino participar en WS100). Pero si lo que buscas es información sobre el ayuntamiento, juzgados, incluso hoteles u otro tipo de servicios no encontrarás nada. Porque Black Rock es una ciudad que sólo existe durante una semana al año, los siete días que dura el Burning Man Festival.

Black Rock City existe únicamente durante los días que dura el Burning Man Festival. Después desaparece sin dejar apenas rastro. Decenas de miles de personas llegan desde todos los rincones del mundo para construir una metrópolis efímera donde el arte, la creatividad y la libertad individual son los pilares fundamentales. Cuando el último participante abandona el desierto, la ciudad vuelve a convertirse en lo que siempre fue: una inmensa llanura perdida en Nevada.

Nacido en 1986 en una playa de San Francisco y trasladado posteriormente al desierto de Black Rock, Burning Man se ha convertido en un fenómeno cultural difícil de definir. Sus organizadores lo describen como un experimento de autosuficiencia radical y expresión personal. Sus detractores lo consideran una gigantesca fiesta alternativa en mitad del desierto. Probablemente ambos tengan razón. Durante una semana, gigantescas esculturas aparecen en medio de la nada, vehículos transformados en obras de arte recorren las avenidas temporales de la ciudad y los participantes crean campamentos temáticos donde prácticamente cualquier idea tiene cabida. Todo sucede bajo un denominador común: el polvo.

Porque si hay un elemento que marca la experiencia Burning Man es el polvo. Un polvo fino, alcalino y persistente que se cuela en la ropa, en las mochilas, en los dispositivos electrónicos y en los pulmones. Un polvo que, empujado por el viento, puede convertir una mañana tranquila en una auténtica tormenta blanca donde la visibilidad se reduce a unos pocos metros.

Y en medio de ese escenario improbable aparece el trail running. O, para ser exactos, una de las ultras más peculiares que existen.

La Burning Man Ultramarathon propone un recorrido de cincuenta kilómetros dentro del entorno del festival. Hablar de senderos, desnivel o paisajes espectaculares sería engañar al lector. Aquí no hay montañas, bosques ni crestas infinitas. El recorrido transcurre sobre una superficie prácticamente plana en la que el principal enemigo no es la pendiente, sino el calor, el polvo y las distracciones.

Porque resulta difícil mantener el ritmo cuando a pocos metros un grupo de músicos improvisa un concierto, una instalación artística lanza fuego varios metros hacia el cielo o una fiesta multitudinaria convierte una esquina del recorrido en una pista de baile improvisada.

El reglamento refleja perfectamente el espíritu del evento. Los corredores pueden vestir prácticamente cualquier cosa: disfraces imposibles, tutús, trajes extravagantes o la equipación más convencional imaginable. En una carrera donde la clasificación pasa claramente a un segundo plano, la creatividad suele recibir tanta atención como el rendimiento deportivo.

Los avituallamientos tampoco responden a los estándares habituales del ultratrail. Junto a la comida y bebida destinadas a los corredores pueden aparecer propuestas tan extravagantes como el propio festival. En ningún otro lugar resulta tan complicado distinguir dónde termina la competición y dónde empieza la celebración colectiva.

Quien viaje hasta Nevada buscando batir su marca personal probablemente se haya equivocado de destino. Aquí el cronómetro importa poco. Lo realmente importante es la experiencia. Muchos participantes acaban deteniéndose para contemplar una instalación artística, conversar con desconocidos llegados de medio mundo o simplemente absorber la atmósfera surrealista que rodea cada metro del recorrido.

En una época en la que gran parte de las carreras buscan ofrecer una experiencia cada vez más estandarizada, la Burning Man Ultramarathon representa justo lo contrario. Es imprevisible, caótica y absolutamente única. Una carrera donde la línea entre el deporte, el arte y la fiesta desaparece por completo.

Quizá por eso resulta tan difícil explicarla a quien nunca ha estado allí. ¿Es una ultramaratón? Sí. ¿Es una celebración colectiva? También. ¿Es una experiencia que desafía cualquier idea preconcebida sobre lo que debería ser una carrera de montaña? Sin ninguna duda.

Porque hay ultras que se recuerdan por sus paisajes, otras por su dureza y algunas por la épica de sus vencedores. La Burning Man Ultramarathon se recuerda por algo mucho más extraño: correr cincuenta kilómetros en mitad de una ciudad que no existe, rodeado de polvo, música, arte y una atmósfera imposible de reproducir en cualquier otro lugar del mundo.

Burning Man Ultramarathon. Una carrera donde el desierto es el escenario, la locura forma parte del recorrido y llegar a meta puede ser, paradójicamente, lo menos importante de toda la aventura.

 

Burning Man Ultramarathon
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