Barkley Marathons vuelve a ganar

Frozen Head volvió a cerrar sus bosques sobre sí mismo. Y, un año más, la Barkley Marathons demostró que no es una carrera: es un pacto con el sufrimiento, un contrato sin cláusulas de salida. En esta edición de 2026, la montaña volvió a imponer su ley más antigua: nadie terminó los cinco loops. Ni siquiera quienes llegaron a rozar el límite de lo humanamente razonable. Sebastien Raichon finaliza un "fun run" y Damian Hall queda cerca de conseguirlo.

Frozen Head volvió a imponer su ley. En 2026, la Barkley Marathons reafirmó su condición de carrera imposible, de rito iniciático que no concede indulgencias. Y esta vez, como tantas otras, el veredicto fue rotundo: ningún finisher. Ni uno. El libro final quedó sin firma, el cigarrillo de Lazarus Lake se consumió sin testigos victoriosos y el bosque, silencioso y paciente, volvió a cerrar la puerta. La temprana fecha de febrero fue un lastre imposible de salvar. Las pocas horas de luz, la lluvia, el frío, el barro y la niebla convirtieron Barkley Marathons en una misión imposible. Realmente, la Barkley de este 2026 fue lo que todos esperamos, una carrera imposible de terminar, otra muesca más en el revólver de un Lazarus Lake que se ha podido ir a la cama satisfecho de su obra.

Pero si algo dejó esta edición fue un tercer loop que ya forma parte de la mitología de la prueba. Un bucle que trituró piernas, egos y estrategias, y que reunió a cuatro corredores que representan cuatro maneras distintas de enfrentarse a lo imposible: Sebastien Raichon, Damian Hall, Mathieu Blanchard y Max King.

La Barkley siempre ha tenido loops memorables, pero lo vivido este año en el tercero fue otra cosa. No fue solo la niebla espesa que reducía la visibilidad a un metro. No fue solo el barro que convertía cada descenso en una ruleta rusa. Fue la sensación de que el bosque estaba jugando con ellos, como si quisiera comprobar cuánto estaban dispuestos a entregar.

Raichon, metódico como un relojero suizo, salió al tercer loop con la precisión que le caracteriza. Había gestionado bien los dos primeros, sin estridencias, sin desgaste aparente. Pero la Barkley no entiende de planes. En Stallion Mountain perdió minutos valiosísimos buscando una página que el viento había desplazado entre las hojas húmedas. Ese retraso, mínimo en cualquier otra carrera, aquí fue un golpe psicológico. Raichon siguió avanzando, pero ya no era el mismo. El bosque le había tocado. Al menos, se lleva a casa un «fun run», el único de los cuarenta que tendrá algo bueno que contar.

Hall, siempre combativo, siempre con ese punto de testarudez británica, fue probablemente el que más disfrutó —si es que esa palabra puede usarse— del tercer loop. Su ritmo era irregular, pero su determinación, inquebrantable. En Rat Jaw, con los zarzales aferrándose a su ropa como si quisieran retenerlo, Hall avanzó a tirones, casi a gritos. Fue un espectáculo de pura voluntad. Pero la Barkley no premia la épica: premia la perfección. Y Hall, pese a su entrega, acumuló errores de navegación que terminaron por sacarlo del tiempo límite. Completó la tercera vuelta, pero sin todas las páginas.

Blanchard llegó al tercer loop con la ligereza de quien cree —con razón— que puede hacer historia. Su zancada seguía siendo limpia, su mirada, afilada. Durante un par de horas, Mathieu fue el corredor más fuerte sobre el terreno. Pero la Barkley no es UTMB, y aquí la velocidad es solo un ingrediente más. En un giro mal interpretado cerca de Leonard’s Buttslide, Blanchard descendió por un valle equivocado. Cuando corrigió, ya había perdido la ventaja y parte de la confianza. Aun así, siguió luchando hasta que el reloj dictó sentencia.

Max King es uno de esos atletas que parecen capaces de competir en cualquier disciplina y hacerlo bien. Y en el tercer loop lo demostró. Su fortaleza física era evidente, pero lo que realmente impresionó fue su capacidad para recomponerse tras cada error. King fue el último en rendirse, el que más cerca estuvo de completar el bucle dentro del margen razonable para aspirar al cuarto. Pero la Barkley, implacable, le cerró la puerta a pocos kilómetros del campamento. Llegó exhausto, cubierto de barro, pero con la dignidad intacta.

Fotografía: Ashley Harris

La Barkley 2026 no tendrá nombres grabados en la lista de finishers, pero sí quedará en la memoria colectiva. Porque hubo lucha, hubo estrategia, hubo momentos de grandeza y de fragilidad. Y porque ese tercer loop, con Raichon, Hall, Blanchard y King enfrentándose a un bosque que parecía vivo, fue un recordatorio de por qué esta carrera sigue fascinando al mundo.

La Barkley no necesita finishers para ser legendaria. A veces, de hecho, es más legendaria cuando nadie la vence. Y este año, una vez más, Frozen Head ganó.

 

 

Barkley Marathons
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