Hay carreras que sobreviven a sus fundadores sin despeinarse. Otras, en cambio, están tan íntimamente ligadas a la persona que las creó que cuesta imaginar su existencia sin esa figura al mando. La Barkley Marathons pertenece, sin duda, al segundo grupo.
Porque la Barkley no es solo una prueba. Es un gesto. Un guiño. Una broma privada convertida en leyenda. Y, sobre todo, es la manifestación más pura del humor retorcido, la ironía y la visión de un tipo llamado Gary Cantrell, aunque el mundo entero lo conozca como Lazarus Lake. La pregunta, inevitable, empieza a asomar: ¿debería continuar la Barkley cuando Laz ya no esté al frente para soplar la caracola?
La esencia de la Barkley no está en los 160 kilómetros, ni en los 20.000 metros de desnivel, ni en los libros escondidos en el bosque. Está en la forma en que Laz entiende el sufrimiento, la épica y el absurdo. En su capacidad para convertir un error de navegación en un chiste privado, o un abandono en una historia que se contará durante años.
Sin él, la Barkley corre el riesgo de convertirse en lo que nunca quiso ser: una caricatura de sí misma. Porque la Barkley no se organiza: se interpreta. Y Laz es su intérprete principal.
Hay quien defiende que la Barkley ya ha trascendido a su creador. Que el mito es demasiado grande para desaparecer. Que Frozen Head State Park merece seguir siendo ese escenario donde unos pocos locos se enfrentan a lo imposible. Y no les falta razón. La Barkley ha inspirado a generaciones de corredores, ha creado una cultura propia y ha demostrado que todavía hay espacio para lo imprevisible en un mundo de carreras cada vez más regladas y previsibles. Además, hay un punto emocional: ¿cómo renunciar a algo que ha dado tantas historias memorables?

Pero también hay una verdad incómoda: la Barkley sin Laz sería otra cosa. Podría seguir llamándose igual, podría mantener el recorrido, los libros, los bucles y las reglas. Pero perdería su alma. Y una Barkley sin alma es simplemente una carrera extremadamente dura. Y de esas ya hay muchas. La Barkley es única porque es imperfecta, arbitraria, caprichosa. Y esas imperfecciones no se pueden heredar. No se pueden delegar. No se pueden institucionalizar. Quizá lo más honesto sería permitir que la Barkley muera con dignidad, como mueren las leyendas: dejando un vacío que nadie puede llenar.
¿Continuidad o final? No hay una respuesta correcta. Solo una certeza: la Barkley no es un producto, es un relato. Y los relatos, cuando se estiran más de la cuenta, pierden fuerza. Tal vez la mayor muestra de respeto hacia Laz y hacia la propia carrera sea aceptar que su historia tiene un final. Y que ese final, como todo en la Barkley, será tan extraño, inesperado y profundamente humano como su creador.