Siempre, una parte de nosotros, permanecerá en esta inmensidad de arena

Juan González ha vivido por segundo año el Marathon des Sables y ha vuelto a hacerlo desde la doble visión de participante y reportero. Este es su particular resumen de una experiencia que marca a todo aquel que la vive.

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Cuando finalizas Sables, poco aciertas si acaso, a expresar. Soy consciente, del rejuvenecimiento de mi alma, todo lo opuesto a mi rostro, que parece haber envejecido en esta semana de conmoción y de esfuerzo, pues la piel ha cambiado de tono, el tacto es más áspero, y las arrugas parecen más profundas, ahí donde encuentran cobijo las micras de polvo y arena. Si alguna marca surca mi polvoriento rostro, es el resultado de alguna lágrima atrevida y espontánea, que se abrió paso y dejó su rúbrica favorecida por la gravedad, tirando una línea de imprecisa rectitud en mi mejilla.  La historia vuelve a repetirse.

Este segundo año en MDS, corroboro de forma fehaciente, que la admiración que siento hacia todo lo que observo, es en realidad, un estado de sumisión.

En momentos adversos, siento como el desierto me golpea, y aún así, soy incapaz de ver maldad, pues me resulta fascinante. Es la consecuencia de creer que es parte de nuestro medio, cuando en realidad, somos intrusos.

Después de toda nuestra multitudinaria y efímera travesía, por si mismo, el desierto volverá a lamerse sus heridas. Tan solo hará falta una leve brisa, para borrar toda huella de nuestro paso. Las dunas mudarán su figura, en una metamorfosis elegante y sugerente, como si todo esto, jamás hubiese sucedido. Y al final, después de todo, de forma irremediable y natural, querremos volver a casa, con los nuestros, y de forma sorprendente, también a nuestros quehaceres cotidianos, pero siempre, siempre, una parte de nosotros, permanecerá en esta inmensidad de arena, y no tengo duda, que querré volver a por ella.

 

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